El cerebro seductor

Publicado en Sep 24 2007 - 5:46pm por Álvaro Bonilla

Acabo de leer un libro que se llama “El cerebro femenino” de Louann Brizendine. Es un libro recomendado para quienes acercarse a conocer lo que piensan las mujeres. A través de su lectura entiendes cómo funciona la fisiología de la seducción, y empiezas a descubrir que las cosas están determinadas en gran medida por nuestros genes y nuestra química cerebral, así mismo te acercas a aquellas diferencias que tenemos los hombres y las mujeres y que nos hacen tan diferentes y, a la vez, tan atractivos.

Voy a compartirles algunos de los hallazgos que contiene este gran libro. De repente aprende uno más mirando los fundamentos psicológicos que leyendo a ciertos maestros que no hacen sino hablar de supuestos.

Piensen en esto: ¿Qué pasaría si el centro de comunicaciones es mayor en un cerebro que en otro? ¿Qué, si el centro de la memoria emocional es mayor en uno que en otro? ¿Qué, si un cerebro desarrolla una mayor aptitud para captar indicios en los demás que la que posee el otro cerebro? En este caso, nos encontraremos ante una persona cuya realidad dictaría que sus valores primarios fueran la comunicación y la conexión.

Todo cerebro empieza como cerebro femenino. Sólo se vuelve masculino ocho semanas después de la concepción, cuando el exceso de testosterona disminuye el centro de comunicación, reduce el córtex de la audición y hace dos veces mayor la parte del cerebro que procesa el sexo.

Más del 99% del código genético de los hombres y las mujeres es exactamente el mismo. Entre 30.000 genes que hay en el genoma humano, la variación de menos del 1% entre los sexos resulta pequeña. Pero esa diferencia de porcentaje influye en cualquier pequeña célula de nuestro cuerpo, desde nervios que registran placer y sufrimiento, hasta las neuronas que transmiten percepción, pensamientos, sentimientos y emociones.

Los cerebros de los varones son más grandes en alrededor de un 9%. En el siglo XIX los científicos interpretaron que esa diferencia demostraba que las mujeres tenían menos capacidad mental que los hombres. Las mujeres y los hombres, sin embargo, tienen el mismo número de células cerebrales. Las células están simplemente agrupadas con mayor densidad en las mujeres, como embutidas en un corsé, dentro de un cráneo más pequeño.

Las diferencias cerebrales, aunque sutiles, son profundas. Las tasas de depresión entre hombres y mujeres no comienzan a divergir hasta que ellas cumplían 12 o 13 años, edad en que las mujeres empiezan a menstruar. Parecía ser que los cambios químicos en la pubertad actuaban de alguna manera en el cerebro, de modo que se desencadenaba más depresión entre las mujeres.

Si la realidad de una mujer podía cambiar radicalmente de semana en semana, lo mismo podría decirse de los cambios hormonales masivos que ocurren a lo largo de la vida de una mujer. El cerebro femenino está tan profundamente afectado por las hormonas que puede decirse que la influencia de éstas crea una realidad femenina. Pueden conformar los valores y deseos de una mujer, decirle día a día lo que es importante.

La realidad neurológica de una mujer no es tan constante como la de un hombre. La de él es como una montaña que van gastando imperceptiblemente en milenios de glaciares, el tiempo y los profundos movimientos tectónicos de la tierra. La de ella es más bien como el clima, cambiante y difícil de predecir.

Hombres y mujeres tienen diferentes sensibilidades ante el stress y el conflicto. Utilizan distintas áreas y circuitos cerebrales para resolver problemas, procesar el lenguaje, experimentar y almacenar una emoción intensa. Las mujeres pueden recordar los detalles más pequeños de sus primeras citas y sus enfrentamientos mayores, mientras que los hombres apenas lo recordamos.

Los cerebros femeninos y masculinos procesan de diferentes maneras los estímulos, oír, ver, “sentir” y juzgar lo que otros sienten. Las mujeres lanzan pistas cerebrales relacionadas con la identificación visual y pasan más tiempo que los hombres dando forma a los objetos en sus mentes. Las mujeres necesitan más tiempo para llegar a la misma respuesta.

En los centros del cerebro para el lenguaje y el oído, las mujeres tienen un 11% más de neuronas que los hombres. El eje principal de la formación de la emoción y la memoria –el hipocampo- es también mayor en el cerebro femenino, igual que los circuitos cerebrales para el lenguaje y la observación de las emociones de los demás. Esto significa que las mujeres, por término medio, expresan mejor las emociones y recuerdan mejor los detalles de acontecimientos emocionales.

Los hombres en cambio, tienen dos veces y media más de espacio cerebral dedicado al impulso sexual, igual que centros cerebrales más desarrollados para la acción y la agresividad. Los pensamientos sexuales flotan en el cerebro masculino muchas veces al día por término medio; por el de una mujer en una cantidad inferior.

Un estudio exploró los cerebros de los hombres y las mujeres, observando la escena neutra de un hombre y una mujer que mantenían una conversación. Las áreas sexuales de los cerebros masculinos inmediatamente chispearon; vieron una potencial cita sexual. Los cerebros femeninos no tuvieron ninguna actividad en las áreas sexuales y consideraron que la situación era sencillamente la de dos personas que hablaban.

Los hombres también tienen procesadores mayores en el núcleo del área más primitiva del cerebro, la amígdala, que registra el miedo y dispara la agresión. Ésta es la razón por la que algunos hombres pueden pasar desde cero a una lucha a puñetazos en cuestión de segundos, mientras que muchas mujeres intentarán cualquier cosa para evitar el conflicto. Pero el stress psicológico del conflicto se registra más profundamente en zonas del cerebro femenino.

Hombres y mujeres tienen el mismo nivel promedio de inteligencia, en la adolescencia no hay diferencia en sus aptitudes matemáticas y científicas. Pero en cuanto el estrógeno inunda el cerebro femenino, las mujeres empiezan a concentrarse intensamente en sus emociones y en la comunicación: hablar por teléfono y citarse con sus amigas en la calle. Al mismo tiempo, a medida que la testosterona invade el cerebro masculino, los muchachos se vuelven menos comunicativos y se obsesionan por lograr hazañas en los juegos y en la cama.

El cerebro femenino tiene muchas actitudes únicas, sobresaliente agilidad mental, habilidad para involucrarse profundamente en la amistad, capacidad casi mágica para leer las caras y el tono de voz en cuanto a emociones y estados de ánimo, destreza para desactivar conflictos.

En la danza de la seducción el coreógrafo no es nadie más que el cerebro. La “química” puede parecer accidental, pero la realidad es que nuestros cerebros están programados de antemano para saberlo. Nos inducen sutil pero firmemente hacia parejas que puedan compensar nuestras deficiencias en la lotería de la reproducción humana.

El cerebro femenino es más ágil al evaluar las características. La atracción se juega con la dopamina, que proporciona las chispas y el entusiasmo. Su cerebro también le ha remitido un empuje de testosterona, la hormona que despierta el deseo sexual.

Los cálculos iniciales de la seducción son inconscientes para los hombres y las mujeres y se muestran diferentes. En los emparejamientos a corto plazo, los hombres son los cazadores y las mujeres quienes seleccionan. Ésta es la herencia de nuestros antepasados que aprendieron durante millones de años cómo propagar los genes. Los machos de todas las especies están hechos para cortejar a las hembras y es característico de las hembras seleccionar a sus pretendientes. Esta es la arquitectura de la seducción diseñada por los que triunfaron reproductivamente en la evolución. Incluso las figuras, las caras, los olores y las edades de las parejas que escogemos están influenciadas por patrones de milenios.

Somos mucho más predecibles de lo que pensamos. Los cerebros han aprendido a identificar a las parejas más sanas, a las que más probablemente nos darán hijos, y a aquellas cuyos recursos y actitud podrán ayudar a sobrevivir a nuestra descendencia.

El sistema es hábil. Nuestros cerebros identifican una pareja potencial y, si se ajusta a nuestra lista ancestral de deseos, conseguimos un aporte de sustancias químicas que nos inundan como un impulso de atracción enfocada por un láser.

Pasamos más del 99% de los millones de años que les costó evolucionar a los seres humanos viviendo en condiciones primitivas. Nuestros cerebros se desarrollaron para resolver los problemas con los que se encontraban los antepasados. No se trataba sólo de tener hijos, sino de asegurar que vivieran lo suficiente para propagar sus genes. Los sistemas sobrevivientes transmitieron la información por generaciones e instalaron sus circuitos en nosotros.

Que nuestros instintos mentales no hayan cambiado en millones de años puede explicar por qué las mujeres de todo el mundo, buscan las mismas cualidades ideales en una pareja a largo plazo, según el psicólogo evolucionista David Buss.

Ellas tienen menos interés en el atractivo visual de un posible marido, y más, en sus recursos materiales y status social. “Conveniente” o “conveniente por ahora”. Ellas valoran aquellas cualidades en una pareja mucho más que los varones, que prescinden del patrimonio de las mujeres y su capacidad de prosperar. Las hembras del pájaro jardinero comparten esta preferencia al escoger al macho que haya construido el nido más bonito. ¡Los hombres somos pájaros jardineros!

Las mujeres según han descubierto algunos investigadores, buscan parejas que sean por término medio, 10 centímetros más altos y tres años y medio mayores. La elección de pareja es una hábil estrategia de inversión.

Los hombres prefieren esposas físicamente atractivas, entre 20 y 40 años, que sean por lo común dos años y medio más jóvenes que ellos. También quieren que sus posibles parejas a largo plazo tengan piel clara, ojos luminosos, labios carnosos, cabello brillante y figuras curvilíneas como un reloj de arena. Son sólidas señales de fertilidad. Los hombres tenemos un sistema radar que busca fertilidad en segundos.

Antes de la pubertad, varones y hembras tienen formas corporales, y proporción entre cintura y cadera, muy similares. Tan pronto entran en acción las hormonas reproductivas, las mujeres sanas desarrollan formas más curvas con cinturas que son aproximadamente un tercio más estrechas que las caderas. Las mujeres de este tipo tienen más estrógeno.

La reputación social es también un factor importante, los hombres queremos estar más seguros de la paternidad y deseamos contar con las aptitudes maternales de una mujer para levantar a sus hijos.

Se disparan circuitos del miedo y de la ansiedad. La seducción emplea artimañas y está comprobado que los hombres adornan la realidad para seducir, y por esto, el mecanismo de detección de fallos de las mujeres ha sido diseñado para ser muy sensible a los engaños y falsas persuasiones.

Los estudios y las imágenes cerebrales en mujeres enamoradas muestran mayor actividad en muchas más áreas, especialmente sentimientos viscerales y circuitos de atención y memoria, mientras que los hombres enamorados muestran más actividad en áreas de procesamiento visual de alto nivel. Éstas superiores conexiones visuales pueden explicar también por qué los hombres tienden a enamorarse “a primera vista” más fácilmente que las mujeres.

Enamorarse es una de las conductas o estados cerebrales más irracionales que cabe imaginar tanto entre los hombres como entre las mujeres. El cerebro se vuelve “ilógico” en el umbral de un nuevo romance, ciego a las deficiencias del amante. El enamoramiento no es una emoción pero intensifica a las demás emociones.

La amígdala –el sistema de alerta ante el miedo del cerebro y el córtex cingulado anterior el sistema cerebral de la inquietud y del pensamiento crítico- se ponen patas arriba cuando los circuitos del amor corren a toda marcha. Es similar a adquirir una adicción a una droga como las anfetaminas, la cocaína, los opiáceos: heroína, morfina y oxicontina.

Actividades como las caricias, los besos, las miradas, los abrazos y el orgasmo pueden reponer el vínculo químico del amor y la confianza en el cerebro. El flujo de la oxitocina-dopamina vuelve a suprimir la ansiedad y el escepticismo, además de revigorizar los circuitos amorosos del cerebro.

El acto de abrazar o acariciar libera oxitocina en el cerebro, sobre todo entre las hembras, y probablemente genera la tendencia a confiar en el varón a quien abrazan. Aumenta la probabilidad de creer en lo que cuenta. El cerebro libera naturalmente oxitocina después de un abrazo de la pareja durante veinte segundos, con lo cual se sella en vínculo y se disparan los circuitos cerebrales de la confianza.

El estrógeno y la progesterona disparan estos efectos vinculantes en el cerebro femenino, aumentando la oxitocina y la dopamina. Si los niveles son demasiado altos, el juicio se daña.

El desarrollo cerebral en el útero, la suma de cuidados que se reciban en la infancia y las experiencias emocionales, determinan variaciones en los circuitos cerebrales del amor y la confianza en otros.

Los flujos hormonales de la dopamina en el cerebro van descendiendo gradualmente. Se van iluminando los circuitos de adhesión y vinculación. La pérdida de la cumbre romántica es señal de que se está pasando a una fase importante de la relación, a largo plazo. Esta red de adhesión es un sistema cerebral aparte, que sustituye la irracional intensidad del romance por una sensación más duradera de paz, calma y comunicación. Esto tiene una explicación evolutiva práctica, para el cuidado de los niños es más funcional que la pareja ya no esté centrándose tan intensamente en el otro.

La conducta de vinculación social está controlada por estas neurohormonas, producidas en la pituitaria y el hipotálamo. El cerebro masculino emplea la vasopresina para la vinculación social y parental, mientras el femenino usa primordialmente la oxitocina y el estrógeno. Los hombres tenemos muchos más receptores de la vasopresina, mientras que las mujeres tienen más para la oxitocina.

La vasopresina es impulsada por la testosterona e incentiva la energía, la atención y el empuje en los hombres. Se proyecta un foco tipo láser sobre la mujer. Las mujeres experimentan torrentes de dopamina y oxitocina activados por el contacto físico y el placer sexual, Sue Carter investigó los ratones de pradera que forman parejas vitalicias y descubrió este proceso semejante al humano.

Los hombres se activan con estrés, las mujeres se desconectan. En las mujeres el cortisol, bloquea la oxitocina y con ella del deseo sexual.

El gen receptor de la vasopresina es responsable de la monogamia en ratones de pradera, en los de la montaña la extensión es más corta. Igual sucede en chimpancés, y el bonono, y el humano.

La ausencia despierta el vínculo: La amígdala se dispara en temor a la pérdida. Se produce decadencia emocional o física. Por eso decía Hegel acertadamente: “el ser se evidencia en el no ser”.

Una y otra vez sigo concluyendo que “la atracción no es una elección”. No elegimos quién nos atrae, no elegimos quien no nos atrae. El asunto se juega en un plano biológico, químico y cerebral, y son nuestros genes y nuestros deseos de supervivencia y reproducción los que nos señalan la mejor persona posible. No hay razones que valgan. No hay nada…

Que comience la cacería!

Hasta la próxima!