La psicología del seductor

Publicado en Ago 11 2008 - 7:14am por Álvaro Bonilla

Hoy quiero compartir un buen texto que encontré paseando por las librerías, el libro se llama “Psicología de la seducción”, y es escrito por una mujer, se llama Alejandra Vallejo-Nájera. Me impresionó el libro en cuestión, pensaba en que iba a encontrar algo simplón y bastante superficial (porque hay mucha basura por allí en los estantes de las librerías), y terminé hallando una joya, a veces pasa así en la vida, no esperas mucho y terminas sorprendiéndote, por eso es mejor no esperar nada de las cosas o las personas, para evitar decepciones, de ese tema hablaré luego.

El caso es que este libro me pareció un excelente ejercicio de análisis de la seducción desde el punto de vista de la psicología, y mientras iba leyendo sus entretenidas páginas iba viendo rasgos o cosas por aprender, patrones, que caracterizan al seductor. El hecho de que lo escriba una mujer es aún más entretenido, pues desvela con lujo de detalles las estrategias más comunes de la seducción, y no esperen nada del estilo Mystery y su… pandilla, no, acá hay psicología de la buena, Freud, arquetipos jungianos (de los cuales espero poder hablar algún día).

El libro en cuestión es interesante de principio a fin. El punto es que en su introducción hay algo que pensé en compartir y es un poco acerca de los libretos que evolutivamente hemos jugado para seducir, y cómo las mujeres iniciaron este juego, y cómo con el tiempo las cosas fueron haciéndose más estratégicas, pues la seducción mostró ser un interesante, pero también, desigual juego de poder. Al final la autora define unos rasgos del seductor con los que no puedo estar más de acuerdo, define su personalidad, y su eterna búsqueda: atención. En este mundo el interés psicológico más profundo que tenemos cuando deseamos vincularnos es la atención, que alguien esté atento a nosotros, a lo que decimos, hacemos, queremos, incluso a nuestras dificultades.

Sin atención no somos nadie. Somos nosotros sobre nosotros, en un diálogo interminable de incoherencias. Con atención somos dos incoherentes pero un poco más felices. Acá los dejo con el fragmento del texto, seguro lo hallarán tan profundo e interesante como yo lo encontré. De hecho cada parte merecería un comentario, pero dejaré que la autora nos hable desde su propio ingenio.

“Hubo un tiempo en que la mujer, sobre todo ella, necesitó recurrir al encandilamiento físico como método para vincularse a las figuras de poder, y de este modo garantizarse una vida algo más cómoda o, simplemente, necesitaba sobrevivir. La mujer de antaño halló un potente juguete de control en la pulsión sexual masculina, en su deseo carnal incontrolado. No obstante, para la mayoría se trataba de un utensilio efímero, ya que el mando regresaba al varón en cuando disfrutaba de la apertura y disponibilidad sexual de la mujer. Una vez satisfecha la servidumbre hormonal, el macho recuperaba el poder.

El descontento con un triunfo tan fugaz hizo que algunas féminas pusiesen en marcha métodos más creativos e inteligentes, capaces de erosionar la fuerza masculina y prolongar su propio dominio; así fue como se establecieron los primeros escalafones de la seducción en versión primitiva.

En primer lugar, era preciso captar la atención; el maquillaje, peinado, vestimenta y olor ofrecían la impresión de estar frente a una diosa viviente, un trofeo inalcanzable y celestial. El ojo masculino sólo accedía a escasos retazos de carne muy preciosos y con poder suficiente para disparar la imaginación sexual y, sobre todo, se encendía el anhelo incontrolado de poseer una figura de ensueño, digna de un ser superior.

Una vez conquistado el interés del varón, el halo de la deidad viviente arrastraba a su víctima lejos del territorio masculino hacia un lugar sin guerra, política o comercio, un mundo femenino impregnado de hedonismo, voluptuosidad y lujo. El hombre invitado a tan idílico emplazamiento apenas podía resistir la intención de reposar allí para siempre; pero justo en el instante en que se acomodaba para recibir el manjar de la anfitriona, esta modificaba drásticamente su actitud. Los susurros se volvían fríos; su porte, distante; su gesto, deseñoso.

La víctima, confundida, veía como los sueños se le esfumaban entre los dedos antes de haberlos alcanzado; la ilusión adquiría rasgos de desesperación. Entonces el potencial viril retornaba, emergía de nuevo para reconquistar el paraíso de placer imaginado, pero en el mundo que se le escapa de nada sirven la brutalidad o la violencia que tan útiles resultan en el terreno de los hombres; en el país de las mujeres se barajan unas artes mucho más sofisticadas, indirectas e imprecisas a las que él no está acostumbrado, cuyas leyes desconoce. Por ello, en la carrera de persecución por recuperar lo que una vez creyó suyo se va minando su capacidad de reflexión; durante el trayecto el hombre deja de ser analítico y se vuelve emocional.

En el siglo XVIII se modifica el protagonismo femenino de la seducción: el varón se aficiona a las estratagemas con las que vencer la resistencia sexual de las jóvenes damas. Son tiempos de Don Juan, donde, en el trato con el sexo opuesto, la brutalidad deja paso a la galantería y la pulsión sexual se disimula con sutilezas que tradicionalmente pertenecían al elenco femenino. Los varones extreman el cuidado de su vestimenta, en imitación a las conductas femeninas. Lo más interesante es que los varones conquistan un valioso descubrimiento: el pie de barro de las mujeres se sitúa en sus oídos, las damas no son indiferentes a lo que se dice ni a cómo se dice, las palabras colocadas en un determinado modo y pronunciadas en un tono adecuado producen verdaderos sortilegios, ayudan a poseer mentes y corazones.

A medida que avanzan los años, las estrategias de encantamiento amplían su campo de acción: ya no se restringen al terreno de la conquista sexual, sino que se extienden al ámbito social: los cortesanos ganan favores de sus superiores mediante juegos psicológicos que siguen fielmente las reglas de seducción.

En el siglo XIX, Napoléon descubre que la batería de técnicas seductoras es válida también a gran escala; la oratoria se convierte en herramienta para atrapar ideas y sensibilidades de las masas. La teatralidad, el espectáculo, la arenga ganan terreno al discurso a media voz y procuran un inmenso poder con el que subyugar a los pueblos. El atractivo físico deja paso al magnetismo intelectual; el atractivo físico deja paso al magnetismo intelectual; el seductor encandila a gente de todo sexo y condición, cualquier persona es un seducido en potencia. Así nace el tipo carismático, el líder al que se le atribuyen virtudes de guía y se le entrega poder. Un ser al que se sigue por convicción y no por obligación.

A pesar de la adaptación y la transformación que siempre otorga el tiempo, la anatomía de la seducción, su técnica, continúa vigente desde que la inventasen las mujeres del Imperio Romano. Veamos el primero de sus peldaños: captar la atención. Sin atención no hay seducción posible, como bien saben los publicitarios, los líderes políticos o de negocios, los padres de familia, los gurús espirituales y los profesores que conocen las leyes de la buena pedagogía.

No todos los seductores ejercen un magnetismo similar, albergan intenciones idénticas, ni todas las personas sucumben al mismo tipo de seducción. La personalidad del seductor, su temperamento, formación e inteligencia atraen a unos destinatarios y repelen a otros. Dicho de otra forma, el seductor acoge deseos, exhibe virtudes, sufre carencias y es depositario de necesidades como cualquier otro ser humano; por ello, su interés se centra en aquellos destinatarios susceptibles, al menos en apariencia, de alimentar su psicología personal.

No hay que olvidar que seductor y seducido se complementan y alimentan mutuamente. Por otro lado, la persona seductora no encandila constantemente y sin descanso; el arte de la fascinación exige energía y cuidado, en muchos aspectos resulta verdaderamente agotador.

El magnetismo de una persona radica en que cerca de ella nos sentimos mejor que cuando está lejos. Nos la imaginamos poseedora de algo que a nosotros nos falta, pero lo que verdaderamente nos atrapa se debe a que se muestra dispuesta a compartirlo, incluso en exclusiva, si nos portamos convenientemente y respondemos a lo que esperan de nosotros (…) se las arregla para que a su lado nos sintamos importantes, únicos y originales. En sus ojos vemos reflejada la imagen de nosotros mismos que deseamos poseer y proyectar. La persona seductora siempre presta una atención extraordinaria al otro, ensalza sus virtudes, fulmina sus complejos, regala aprobación a raudales, y al hacerlo, se garantiza el apego. El anhelo es aprobado, de ser amado y entendido ejerce una pujanza tal que en cuanto lo saboreamos ligeramente ya no podemos prescindir de ello.

El mismo tiempo, el fascinador, en cualquiera de sus versiones, preserva para sí un trozo del secreto, un pedazo del misterio, dándonos a entender que algún día terminará por desvelarlo… pero tal día quizá nunca llegue.”

Esta semana espero trabajar en un tema que me ha impactado mucho, y que de hecho algún lector sugirió hace poco. La teatralidad a propósito de la última película de Batman “The Dark Knight.”

Que comience la cacería!

Hasta la próxima!