Mirando a mi Yo del Pasado: Lecciones de mentalidad en las relaciones

Publicado en Mar 4 2019 - 6:33pm por Álvaro Bonilla

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Les voy a compartir algo más bien personal, y que además he visto con cierta frecuencia en ciertas personalidades idealistas y que se definen como hombres buenos, tiernos y románticos, y es la idealización del amor, de la compañía y la sobre estimación de la presencial femenina en la vida.

Hace poco estuve de visita en casa de mis padres y estuve revisando las viejas cajas donde están guardados mis recuerdos: viejos cuadernos, libros que leía en el colegio, calificaciones de la universidad y aquellas cosas que durante mucho tiempo fueron importantes para mí en términos emocionales, viejas fotos con amigos, amores, mujeres que quise y nunca lo supieron.

Recuerdos de mi antigua etapa.

Y resultó ser un ejercicio bastante particular, porque me volví a leer viejas cartas que en aquella época, una época de menos email, solía escribir a amigas y a mis primeros amores, de las épocas en las que yo tenía entre 17 y 21 años.

Y claro, los años, la experiencia, el camino recorrido te dan otra perspectiva de lo que solías ser.

Y debo confesar que me costó mucho reconocerme en aquellas letras. Y te contaré por qué, además te diré cómo esa vieja versión de mi mismo la he visto en muchos de mis pacientes.

Lo que vi fue a un chico inocente, que buscaba muchísima atención, que depositaba todas las expectativas del mundo en las mujeres que le gustaban, que pensaba en salvarlas y, también, pensaba (y mucho) en ser salvado por ellas. Vi a un chico angustiado por la soledad, demasiado preocupado, a esa edad, por estar sólo, lo cual para mí, en aquella época, significaba ser incomprendido, ser extraño, ser inadecuado.

Vi a un joven que iba contra corriente de lo que el mundo le mostraba, que criticaba a los hombres que tenían éxito con las mujeres, que se creía moralmente superior porque yo si trataría bien a las mujeres, mientras que ellos eran los villanos.

Vi a un hombre absolutamente necesitado de amor, de aceptación, de reconocimiento, de validación por parte de las mujeres. Y un hombre que incluso llegaba a la súplica para mendigar compañía, para obtener un poco de reciprocidad, una llamada, una carta de vuelta, una visita, una aceptación de una salida.

Vi en los viejos diarios a un hombre absolutamente negativo frente a la vida, un muchacho quijotesco absolutamente aterrado por ser devorado por un mundo hostil y por unos hombres dominantes que eran quienes conocían las reglas y obtenían todo. Era un chico que tenía una visión absolutamente deprimente de la vida, adicto a cierta clase de literatura y poesía que combinaba la rebeldía, el resentimiento, la envidia y un romanticismo caballeresco bastante patético, por decirlo menos.

Mis escritos mostraban que idealizaba a las mujeres y su papel sobre la vida de un hombre, que entregaba toda mi confianza a ellas, que les arrojaba todas mis dudas emocionales, todo mi caos, toda mi confusión, toda mi indefensión y que esperaba que ellas me consolaran y, de alguna manera, que me solucionara mi vida, que regulara mis emociones, que me diera balance.

Lo que creía era que ellas deberían ser una especie de reflejo mío, y que debían responder a todas mis expectativas emocionales.

Buscaba una sanadora y una amante, y creo que las buscaba en ese orden.

Y en estos diarios y cartas también era evidente que cuando no cumplían con mis enormes expectativas, e irreales expectativas, a nivel emocional, si me rechazaban, si me cancelaban citas (cosa muy frecuente en aquella época), tenía dos actitudes principales:

  1. Patetismo: Empezaba una actitud lamentable de víctima, donde me quejaba de mi mala suerte, creaba historias de desgracia personal donde pareciera estar destinado a la soledad, en algunos momentos manipulaba emocionalmente diciendo que estaba mal, que estaba muy solo, que una verdadera amiga haría esto o lo otro por mí, usualmente no me abandonaría, y me consolaría.
  2. Venganza, les recriminaba su ausencia, era reactivo cuando me hablaban, les amenazaba con no ser el mismo de siempre, les echaba indirectas o simplemente les cortaba de tajo, pero con una mezcla de rabia, indignación, resentimiento. Tengo varios escritos que van en esa dirección.

Era algo contradictorio: por una parte, idealizaba demasiado a las mujeres y, por la otra, las culpaba y les tenía resentimiento por no cumplir mis expectativas.

Con el paso del tiempo para mí es demasiado claro que las mujeres veían esta necesidad desbordada que yo tenía de ellas, que mujeres recién conocidas pensaban “hey, este chico por qué es así conmigo, por qué es frágil y tan débil, por qué confía tanto en mí”. Con el tiempo muchas me lo dijeron y, mirando hacia atrás, es más que claro que veían mi inexperiencia en forma de una gran ansiedad.

Y atento a lo que te diré a continuación, porque es lo que empezó a marcar la diferencia:

Una cosa es ser un inexperto necesitado, emocionalmente dependiente y otra cosa es ser un inexperto seguro de sí mismo y CURIOSO.

La palabra “curiosidad” para mí está cargada de magia, porque es lo que te permite explorar y tentar, desde una pregunta, hasta un “qué tienes puesto por debajo de la ropa”, “¿ya has hecho esto?”, “¿me enseñarías a hacer esto?”

Con el tiempo desarrollé esa seguridad y esa curiosidad, porque lo primero que vi es que estaba demasiado necesitado de amor propio, y que ese amor no lo podía conseguir de otra persona, que su amor y aceptación no iban a aumentar mi amor propio sino mi dependencia hacia esa fuente de amor. Ciertamente viví eso y por eso lo sé, viví esa sensación de sentirse terriblemente mal porque estás con alguien que te valida y que dice cosas que quieres escuchar y luego se termina todo, sentí esa sensación de abandono y volver a ver que yo me consideraba una mierda a mí mismo, y aún peor, consideraba que era tan malo todo que ni siquiera había merecido que esa relación durara más.

Y volvían los fantasmas de pensar que iba a estar solo.

Y volvía a sentir ese vacío.

Y volvía a pasar el tiempo y con el paso de los meses la ansiedad.

Y con la ansiedad la necesidad.

Y sí. Una mujer no iba a tapar eso. Y por ahí comencé. Por descubrir el amor propio, la estima necesaria, para poder ver que no podía poner la responsabilidad de quererme, apreciarme, valorarme en otra persona, y que sí, era maravilloso el compartir en pareja, pero que si mis emociones no estaban sanas al final iba a ser un ansioso dependiente de retroalimentación.

“Hoy no me dijo que me amaba”, se volvía un episodio ansioso.

“Le dije que la amaba y no dijo nada”, se volvía un episodio ansioso.

“Le hablé y respondió muy poco”, se volvía un episodio ansioso.

Y la ansiedad estaba cargada de muchísimas inseguridades que salían a flote.

Sé que muchos de los que me leen han pasado por esto, sé que lo están pasando. Hoy quiero decirles que también me pasó durante muchos años.

Y que por fortuna hoy, al revisar mis viejos diarios y cartas, no fui capaz de reconocer a ese chico indefenso, ciertamente ya no habita conmigo.

¡Es el momento de vivir una vida extraordinaria!

¡Hasta la próxima!

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Si te has sentido identificado con la forma en la que ves actualmente tu vida y las relaciones, escríbeme un correo a naxxxos@gmail.com, y empecemos a trabajar juntos en tu proceso de transformación personalizado.